El salmo 41 comienza diciendo: «Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío». Y nos ha colocado ante una de las más bellas imágenes de la búsqueda de Dios, porque si nada se apodera del cuerpo con tanta fuerza como la sed, así hemos de desear a Dios: como busca la cierva corrientes de agua. ¡Qué imagen! Una cierva sedienta que, ante el sequedal del desierto, lanza el más roto de sus ronquidos buscando el arroyo de agua. Como busca la cierva corrientes de agua. Y, sin previo aviso, el salmista se identifica con esa imagen y exclama: «Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo». Tiene sed, porque la sed es lo primero, porque el deseo del alma es la sed que nos sostiene en todo cuanto hacemos. El deseo, la sed, nos lleva a los más difíciles accesos y al mismo Dios: Mi alma tiene sed del Dios vivo. Y ocurre que en hebreo alma y garganta se expresan con el mismo término: nefes. Entonces, el salmo nos está diciendo: mi alma/garganta tiene sed del Dios vivo, pues como busca mi garganta reseca apagar su sed, así mi alma tiene sed de ti, Dios mío.