En el capítulo 9 de los Hechos de los Apóstoles leo que Pablo, derribado en el camino de Damasco, oye la voz de Jesús que, tras identificarse con los que Saulo persigue, le dice: «Levántate y entra en la ciudad». Pablo se levantó y, «aunque tenía los ojos abiertos no veía nada». ¡Qué curiosa es la memoria! Esta frase me ha hecho recordar algo muy distinto, la conversación que tuve con un drogadicto que me juraba y perjuraba que él dejaba la droga en el momento que se lo propusiese. Después de un rato, en el que no le valieron ninguna de las razones que le ofrecí, se me ocurrió preguntarle: «¿Pero cuando a ti te entran las ganas de la droga qué te ocurre?» Me miró, sonrió y dijo: «En ese momento, aunque esté en mitad de la plaza, no veo a nadie, sólo siento y veo la droga». Sí, le dije, te pasa como a aquel chino que una mañana sintió tal sed de oro, que se vistió su mejor traje, se fue al mercado, se acercó al puesto del preciado metal, cogió la mejor pieza de oro y se escabulló a la vista de todos. Al momento lo detuvieron y el oficial que le juzgaba le preguntó: «¿Por qué robaste el oro en presencia de tanta gente?». «Porque -dijo- cuando cogí el oro no veía a nadie, solo veía el oro». El salmo 134 dice: «Tienen ojos y no ven». Y san Juan Crisóstomo decía: «Para el que sabe ver, todo es presencia de Dios».
