EE.UU e Irán han llegado a un acuerdo cuyos beneficios repercutirán en todo el mundo. Los ayatolás se comprometen a no utilizar la energía atómica con fines bélicos y los americanos a sacar a Irán de del embargo comercial que soporta desde hace años. Ocurre que la tramoya política, vocinglera y circense, ha puesto sordina a este hecho de la mayor importancia. Siempre ocurre igual; los acontecimientos serios y decisivos quedan envueltos en esta especie de cohetería de feria en la que hemos convertido el mundo de occidente.
La existencia de la bomba atómica en un país de radicalidad islámica, como Irán, es algo que ni siquiera ocupa media charla de café, el epílogo de una tertulia, o el minuto final de cualquier sobremesa. Esta sociedad bulliciosa y huera de valores está ocupadísima en el vuelo de una falda o el largo de una chaqueta. No tiene tiempo para más. Solo le interesa la novedad. Las mismas propuestas sociopolíticas son una suerte de globos de colores donde, como decía un periodista catalán hace unos años, “todo funciona como en el circo; ruido, luces y gritos; saltimbanquis, profesionales del columpio y un numero de tontos para sostenerse”. No hay tiempo para pensar, solo para vivir sobre la burbuja del tiempo.
Nuestros modelo de conducta se dibujó en el siglo XVIII, cuando los enciclopedistas – es decir, los sabios de la época- entendieron que Dios era una idea, una más, que había retrasado la evolución del hombre hacia su propio autodominio. El cristianismo había cortado la libertad individual mediante el terror de “la otra vida”.
Hay que vivir un sueño de felicidad aquí, porque no hay allá. Un sueño inmediato y pasajero porque eso somos pasajeros de no sé qué.
El mundo árabe está en la en la Edad Media. Lo ha mantenido estático su religión exclusivista y belicosa. Tienen la bomba atómica. No es mejor, claro, que la tenga EE.UU o Rusia. Lo mismo da. Una cosa es tan mala como la otra. Pero que lleguen a un acuerdo, mitiga la maldad intrínseca del odio que separa a los dos mundos.
