La religiosa dominica Mariela Martínez profundiza en el texto evangélico de la liturgia de este domingo.
Estos días nos iremos encontrando dos tipos de relatos en torno a la Resurrección: unos en relación al sepulcro vacío, otros en torno a las apariciones del Resucitado. El de hoy está entre los del primer grupo. La primera que se acerca al sepulcro es una mujer, María Magdalena. Aún es de madrugada y está oscuro. Ella ve la piedra quitada. Este signo la pone en movimiento y va corriendo a donde están Pedro y el discípulo amado. Lo que ella ha visto no le lleva a pensar que Jesús ha resucitado, sino que alguien se ha llevado al Señor. Su desconcierto le lleva a acudir a la comunidad. Ante la noticia de la mujer, Pedro y el discípulo amado también se ponen en movimiento. El primero en llegar es el más joven, pero da prioridad a Pedro, la autoridad. Éste entra y ve las vendas y el sudario. Entonces pasa el discípulo amado: “ve y cree”. Ante el signo del sepulcro vacío, al único que se atribuye la fe es al discípulo amado. Aquel que había estado en la muerte de Jesús, es el único que cree en la Resurrección.
Lo que queda patente en el texto es que los signos de la Resurrección, aunque no se comprendan a simple vista, aunque nos desconcierten, siempre nos ponen en camino, nos invitan a ir más allá de lo previsible. Que no nos ocurra lo que dijo John Lennon: La vida es eso que pasa mientras haces otros planes. Cristo ha Resucitado. Recorrer los caminos de la vida en estos 50 días será nuestra tarea.
