Precisamente porque somos seguidores de Jesucristo, nada humano nos debe ser ajeno. En la presente situación de cambio en la que nos encontramos, corremos el riesgo de caer en los dos extremos: en el “pensamiento débil”, que considera inadmisibles los principios éticos permanentes; y en el extremismo inmovilista, que teme a todo lo nuevo y se encierra en el pasado.