El tiempo de Cuaresma no es un tiempo triste, en el que los creyentes nos mortificamos a través de prácticas sin sentido. El ayuno, la limosna y la oración son una ayuda para recorrer estos cuarenta días como un camino interior que nos lleva a la plenitud de sentirnos amados por un Dios que apuesta por el hombre. Por eso, Cuaresma es sinónimo de transformación, de seguir la invitación de Jesús a Nicodemo, para nacer de nuevo en el Espíritu.