Una tarde, allá en Melilla, paseaba por la plaza Menéndez y Pelayo, junto a la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, cuando una musulmana cargada de años y bajo el peso de un saco medio lleno se me quedó mirando. Yo le sonreí. Ella se acercó y comenzó a hablar. Yo me limité a escuchar atentamente.