Foto de Bess Hamiti

El periodista del Obispado de Málaga Antonio Moreno invita a profundizar en el evangelio de hoy, 25 de febrero, (Mc 9, 30-37).

El gran invierno demográfico al que se enfrenta occidente es una de las más nefastas consecuencias de la secularización. No queremos niños porque suponen un estorbo a nuestro bienestar. Los niños nos exigen tiempo, nos exigen dinero, nos exigen cariño, nos exigen relaciones estables y pocos están dispuestos a cambiar ahora el modelo individualista y hedonista que nos ha prometido la felicidad. A veces, solo cuentan como objeto para lucir o donde volcar nuestros sentimentalismo. Este modelo corto de vista, que nació en el último tercio del siglo pasado, no había previsto la terrible epidemia de soledad y hastío que iba a provocar años más tarde. Y el problema no ha hecho más que empezar. Un mundo enemigo de los niños es un mundo enemigo de Dios y enemigo, por tanto, de sí mismo pues Él es la fuente y la meta de nuestra felicidad. Porque, parafraseando en negativo las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy: «quien no acoge a un niño como este en mi nombre, no me acoge a mí y quien no me acoge a mí, no acoge al que me ha enviado».