Hay lecturas que invitan a la reflexión, situaciones que te hacen sentarte al borde del sendero de la vida y replantearte la dirección del camino y personas – en este caso, sacerdotes – que con su testimonio de vida, te imprimen una huella indeleble.
…son los que me enseñan, más con sus obras que con las palabras, la hondura y anchura de la Buena Nueva, evitando la tentación de arrancar ni una sola de sus páginas…
…son los que me animaron a luchar por la justicia, sobre todo, por los más frágiles, sin miedos, a modo de Jesús…
… son los que me mostraron con su vocación, la coherencia y autenticidad de ser cristianos…
… son en los que se refleja, que el amar y servir a los demás, arrodillándose y ciñiéndose la toalla en la cintura, se antepone a la liturgia…
… son los que me hicieron ver, nuestra condición de pecadores, pero siempre amados y necesitados de ese perdón que nos otorga Nuestro Padre…
… son los que me enseñaron, el regalo de la oración, la guía del acompañamiento, el valor y necesidad de la escucha…
… son los que me enseñaron que Dios nos quiere alegre y felices: a saber reírse de uno mismo y a relativizar los sucesos diarios…
… son ellos, los que me enseñaron, con su vida y ejemplo, sin ningún tipo de alarde y sin ningún reconocimiento público, todo lo anterior y muchos más y todo ello, siendo conscientes de su fragilidad y pies de barro.
… no tiene importancia si fue un sacerdote o varios los que marcaron o señalan mi vida… a todos ellos, mi más profundo agradecimiento y presentes en mi oración siempre, para que sigan siendo ejemplo vivo de Áquel que nos amó primero.
