El sacerdote y profesor de los Centros Teológicos de la Diócesis, Antonio Fernández, ayuda a profundizar en el evangelio de este domingo II de Cuaresma.
El Señor es compasivo y misericordioso
AsiÌ rezamos en el salmo. Con la confianza de que su amor no defrauda, comprendemos que su llamada a la conversioÌn responde a una necesidad nuestra, porque sin abrirnos a eÌl, no podemos ser verdaderamente felices. En este camino de renovacioÌn interior y de preparacioÌn para renovar en la noche de pascua, la gracia del Bautismo. La Iglesia en este tercer de domingo de Cuaresma, renueva
la llamada a la conversioÌn. JesuÌs, refirieÌndose a dos sucesos. La muerte de algunos en un accidente y
los que perecieron por la represioÌn de Pilato en el templo, recuerda que las desgracias en este mundo no tienen que interpretarse como un castigo de Dios por los pecados. Pero a la vez recuerda que quedaÌndonos, en lo exterior, si nos van bien las cosas y no sufrimos ninguna desgracia, podemos olvidar lo fundamental, la salvacioÌn del alma. De ahiÌ que JesuÌs diga: “¿PensaÌis que eran maÌs culpables que los demaÌs habitantes de JerusaleÌn? Os digo que no. Y si no os convertiÌs, todos perecereÌis de
la misma manera”. A JesuÌs le preocupa nuestro bien. De ahiÌ que, tras este lenguaje severo que intenta despertarnos del sopor de la autosuficiencia, descubramos su misericordia. Hoy lo vemos en
la paraÌbola de la higuera. El aÌrbol no daba fruto.
Es la imagen de una existencia satisfecha pero absolutamente vaciÌa. El dueño queriÌa cortarla, pero interviene el viñador que la conoce y aunque lamenta su infecundidad, la quiere e intercede por ella.
