El relato del evangelio de este domingo nos presenta dos grandes escenas en familia: una en Jerusalén y otra en Nazaret. En la primera, tras el nacimiento de Jesús, sus padres acuden con el niño al templo, lugar por excelencia de la presencia de Dios. Como familia, cumple la Ley de Moisés (Lv.12, 8; 1Sm 1,24- 28). Allí se encuentra con dos personajes, un hombre y una mujer. El evangelista detalla bien las características de cada uno. Su mente y su corazón están listos para acoger la gran promesa de Dios.
Por eso reconocen en un niño a “la Luz de las Gentes”. Esta experiencia tan impactante no se la pueden guardar para ellos. Por eso Simeón canta el Nunc Dimitis como expresión de su alegría, y Ana habla del niño a todos. Simeón y Ana constituyen así el icono de todo hombre y toda mujer que descubren en Jesús de Nazaret la promesa de Dios.
A continuación, Lucas nos presenta a la familia regresando a su pueblo, Nazaret. El niño crece, se fortalece y se va llenando de sabiduría. Va madurando y desarrollando las distintas capacidades del ser humano. En ese proceso le acompaña permanentemente la gracia de Dios. La familia de Nazaret se convierte en un ámbito privilegiado para el crecimiento y la madurez del niño. Hoy, Día de la Familia, agradecemos ese espacio que nos ha permitido crecer y sacar lo mejor de nosotros/as mismas. Como diría G. Mazzini «La familia es el país del corazón».
