El relato, pues, se dramatiza con la visión de unos magos “orientales” (astrólogos o astrónomos) de una especial estrella que -cosa de admirar siendo ellos paganos, extranjeros, y ajenos a la fe de Israel-, la traducen por “su estrella” (la del recién nacido Rey de los Judíos).
No puede pasarse por alto la expresión original: “Vimos su estrella en el oriente”. ¿En tierras orientales o “en el Oriente”, ese lugar en donde nace la luz y nos conduce el pensamiento al mismo Dios?: “el sol que nace en el oriente para iluminar a los que yacen en tinieblas y en sombra de muerte”.
Y tanto les subyuga esa idea que, sin más, organizan toda una expedición con multitud de camellos y dromedarios desde Sabá y Arabia, con dones de oro e incienso (bien que nos suena todo eso de lo que dijo Isaías o el salmista..., y así Mateo lo hacía revertir sobre aquellos judíos a quienes se dirigía).
Los magos llegarían así a tierras de Israel para prestar veneración al recién nacido rey. La estrella, muy peculiar, no está tan arriba que se confunda con otras...: “va delante de ellos”..., pero al llegar a Jerusalén se eclipsa y los deja solos, a su aventura.
