«¿Y ahora qué hacemos con los niños?» Es la pregunta que, al término del curso escolar, se hacen muchas familias de la diócesis.
Así nos lo cuenta Vivi López, madre, profesora y directora del colegio Cristo Rey, de la Fundación Diocesana de Enseñanza, con un toque de tristeza en la voz. La necesaria y merecida incorporación de la mujer al ejercicio de su profesión, así como la realidad de un sistema laboral centrado en los objetivos y no en las personas, dificulta cada vez más la convivencia familiar, ante la imposibilidad de compaginar los horarios de padres e hijos.
Con las vacaciones de verano, este hecho se hace aun más notorio. ¿Cómo debemos responder los cristianos al reto de la conciliación de la vida familiar y profesional? Una madre, un padre y una abuela nos ayudan a descubrirlo.
Madre
«Recordando la infancia de mis hijas, tuve la suerte de poder tener horarios compatibles con mi marido, y en algún momento puntual he podido incluso llevarme las hijas al trabajo. Sí que es verdad que desde mi trabajo en el colegio, me doy cuenta de que muchos padres no tienen ahora la misma suerte. El comentario más escuchado hace unos años el último día de curso: “¡Qué alegría. Mañana a disfrutar de mis niños!”, ahora se ha convertido en un preocupado “¿Y qué hago con ellos?”
Desde los centros educativos se ofertan escuelas de verano, campamentos, etc. que ayudan, pero no son la solución. La sociedad debería buscar una alternativa para que los miembros de la familia pasen más tiempo juntos, especialmente en vacaciones. Sentirnos culpables no sirve demasiado.
Sólo nos lleva a suplir artificialmente el tiempo que no podemos pasar con nuestros hijos (con regalos, juguetes...) y nos bloquea como personas, transmitiendo a nuestros hijos que lo que hacemos está mal. La clave del éxito está en cambiar lo que está en nuestra mano y vivir con naturalidad y amor el tiempo que nos ha tocado vivir. Los abuelos nos ayudan con su gratuidad. Sin embargo, me preocupa algo que se nos está viniendo encima de aquí a unos años, y es que cuando mis hijas necesiten de mí como abuela, yo seguiré trabajando y quizás no pueda darles la respuesta que merecen».
Abuela
«Un día normal en verano empieza para nosotros a las siete de la mañana cuando llegan mis nietos, ya que sus padres trabajan. A partir de ahí, el día se desarrolla en función de ellos. Los llevamos a la playa, comen con nosotros, estudian, juegan, y así hasta que llegan mis hijas con sus maridos a recoger los. La responsabilidad para mí como abuela es doble, porque tengo que responder de mis nietos ante mis hijos. Pero no la vivo como una carga, sino con una inmensa alegría, aunque sufro por mis hijos, que no pueden estar más tiempo con ellos.
El ser abuelos es algo que nosotros vivimos con una total entrega y satisfacción, y que me reporta muchas más satisfacciones que dificultades.
Tengo una confianza total con mis nietos, me cuentan todo. Sin ir más lejos, el otro día nos escribieron una carta a los abuelos en la que decían: “Gracias por el comportamiento que tenéis con nosotros y por la educación que nos habéis dado con nuestros padres. Os queremos mucho”. Me da mucha pena pensar que muchas familias no tienen la suerte que tenemos nosotros, porque están solos, porque sus trabajos los absorben o porque no se respetan sus derechos. Las familias necesitamos ser valoradas y ayudadas».
Padre
«Aunque ha existido un cierto avance en la llamada conciliación de la vida laboral y familiar, sigue siendo difícil de conseguir en la realidad.
Desde el punto de vista de la figura paterna, aunque es un derecho establecido desde marzo de 2007 el disfrutar de 15 días de permiso por paternidad, en bastantes ocasiones es complicado, tanto por la falta de comprensión de algunos empresarios como por esa especie de `autocensura’ que lleva al trabajador a no plantear o demandar su propio derecho.
Respecto de la reducción de jornada, las necesidades económicas de la familia hacen prácticamente imposible que pueda ser disfrutada conjuntamente, dado que se reducen proporcionalmente los salarios. Cuando padre y madre trabajan y termina el curso escolar, si no se tiene ayuda de familia cercana, se plantea otro problema, y es que el matrimonio se ve obligado a disfrutar las vacaciones por separado, para poder atender a los hijos. Por tanto, creo que la denominación de conciliación de la vida laboral y familiar queda en una mera fórmula cuya aplicación práctica es, en la mayoría de los casos, bastante lejana».
