Llama la atención el papel de los cristianos de a pie (seglares) en los primeros tiempos de la Iglesia. Con frecuencia, fueron ellos los que abrieron caminos nuevos, transmitiendo el Evangelio boca a boca.
Es lo que sucedió en Antioquía, según dice el libro de Los Hechos: “Los que se habían dispersado cuando la tribulación originada a la muerte de Esteban, llegaron en su recorrido hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, pero no predicaban la Palabra a nadie más que a los judíos. Pero había entre ellos algunos chipriotas y cirenenses que, venidos a Antioquía, hablaban también a los griegos y les anunciaban la Buena Nueva del Señor Jesús.” ( 11, 19-20).
San Pablo, cuyo año jubilar estamos celebrando, supo sacar el mejor partido del carisma de cada uno. Es instructivo repasar el capítulo 16 de la carta a los cristianos de Roma para hacerse una idea. Porque, en el Pueblo de Dios, nadie es imprescindible, pero todos somos necesarios. En nuestra diócesis se ha desarrollado mucho el papel de los laicos al ritmo de las actividades parroquiales; y las Escuelas de Agentes de Pastoral, así como el Instituto de Ciencias Religiosas, están prestando un interesante servicio. Los catequistas, los voluntarios de Cáritas, los miembros de pastoral de la salud, los de los equipos de liturgia y de otros servicios han aumentado en número y en preparación durante los últimos años. Además, tenemos el apostolado asociado en diversos movimientos apostólicos y en movimientos de espiritualidad.
Cada año, en la reunión del pleno de apostolado seglar, se encuentran algunos de sus miembros que representan a los diversos grupos. Una enorme potencia misionera, que mantiene viva la actividad parroquial y la evangelización.
Para dar hondura a la tarea evangelizadora, hay que recordar lo que nos dice el Vaticano II: “Solamente con la luz de la fe y la meditación de la Palabra de Dios es posible reconocer siempre y en todo lugar a Dios, ‘en quien vivimos, nos movemos y existimos’; buscar su bondad en todos los acontecimientos, ver a Cristo en todos los hombres, tanto cercanos como extraños; juzgar rectamente sobre la verdadera significación y el valor de las realidades temporales en sí mismas y en orden al fin del hombre.
Quienes tienen esa fe viven en la esperanza de la revelación de los hijos de Dios, recordando la cruz y la resurrección del Señor” (AA4 ) .
