Está previsto que el próximo domingo, 21 de diciembre, a las 18,30 horas, Mons. Catalá ordene a su primer diácono en la diócesis de Málaga. Se trata de Antonio Castilla, un joven de 25 años de la barriada de El Cónsul, en la parroquia de San Fernando.
Unos días antes de su ordenación, quiere compartir con todos algunas de sus inquietudes.
–¿Cómo surgió en ti la llamada al sacerdocio?
–Sinceramente, no recuerdo un momento concreto. Al contrario, creo que el Señor se ha hecho presente a lo largo de mis 25 años de vida, valiéndose de cada momento para manifestarme su voluntad. Sin duda, el Seminario Menor, al que tengo un cariño entrañable, me acompañó en esta búsqueda y me ayudó a aclarar qué me pedía el Señor. Cuando participaba en las convivencias mensuales, más que otra cosa, me llamaba la atención el estilo de vida y la forma de ser de aquellos monitores (seminaristas mayores), jóvenes felices con vocación de cura. Y yo me decía: “Quiero ser como ellos”. Al final, el Señor quiere de mí que sea cura para servir más y mejor a los hombres y a Él.
–¿Qué papel ha jugado tu familia en esta decisión?
–Doy gracias a Dios por la familia que me ha regalado, familia que no cambiaría por nada.
Cuando mis padres decidieron que yo fuera bautizado en la fe de la Iglesia, asumieron que la voluntad del Señor en mi vida se manifestaría a través de la misma Iglesia. Así fue, en todo momento respetaron mi decisión de ingresar en el Seminario porque, algo así sólo podía venir de Dios. Más allá de la pena que pudiese ocasionar el que yo abandonara mi casa con 18 años para vivir en el Seminario, encontraba en ellos felicidad, porque notaban que yo era tremendamente feliz.
Siempre disponibles, alegres en el Señor, sólido apoyo en las dificultades, buenos cristianos, orantes, unidos en el amor como familia… Quizás no sea la mejor familia del mundo, pero para mí es perfecta. ¿Qué más puedo pedirle al Señor?
–¿Y tu parroquia?
–San Fernando se convirtió en nuestra casa desde que llegamos a la barriada de El Cónsul. Junto a ella he crecido como persona y como cristiano y ha sido cauce, por supuesto, de la voluntad del Señor. La he visto crecer en sus primeros años de vida y consolidarse como una verdadera comunidad cristiana que busca ser mejor discípula de Jesucristo, comunidad que vive con alegría que uno de sus hijos, al cual ha acompañado en todo su proceso vocacional, pronto va a ser ordenado de diácono, de servidor de la Iglesia.
¡Gracias, querida comunidad!
– ¿Qué destacarías de tus años de formación en el Seminario?
-Destacaría la riqueza de la formación humana que busca por encima de todo la madurez de la persona que, con los ojos puestos en el cielo, se sabe con los pies en la tierra. También, la formación espiritual constituye un pilar principal en la vida de un seminarista: oración, adoración, Liturgia de las Horas, Eucaristía y Reconciliación, retiros, ejercicios espirituales, piedad mariana… que en definitiva son elementos que expresan y actualizan nuestra fe. He descubierto en la vida comunitaria un tesoro: todos hemos sido llamados por el Señor, y todos buscamos una respuesta de calidad a esa llamada recibida.
Esto supone poner al servicio de los demás nuestros dones y carismas que siempre enriquecen y hacen más cristiano este estilo de vida.
–Si Dios quiere, serás el primer diácono ordenado por el nuevo obispo, ¿cómo te sientes?
–Sinceramente, me siento “un poco especial” por poder ser el primer diácono que ordenará don Jesús en nuestra Diócesis; no es un acontecimiento que ocurra todos los días, así que nunca olvidaré esta fecha.
Estoy muy contento y tengo ganas de conocerle personalmente para agradecerle este regalo del diaconado que me concede, que para mí es más grande que todos los premios de la lotería. ¿Qué mejor regalo de Navidad puedo esperar?
