¿Dónde hunde sus raíces la procesión del Corpus? ¿Desde cuándo se practica la adoración de la Eucaristía? Son preguntas que nos planteamos en esta fiesta y que nos recuerdan que, desde el principio del cristianismo, la Eucaristía es la fuente, el centro y el culmen de toda la vida de la Iglesia.

Según la tradición de la Iglesia, en los primeros siglos, la misa sólo se celebraba el domingo, pero en los siglos III y IV se generaliza la misa diaria. A causa de las persecuciones y al no haber templos, la conservación de las especies eucarísticas se hace normalmente en forma privada, y sólo para llevar la comunión a los enfermos y los presos.

A partir del siglo V, después de distribuir la comunión, las especies son llevadas a un “sacrarium”. El sínodo de Verdun, del siglo VI, manda guardar la Eucaristía “en un lugar eminente y honesto, y, si los recursos lo permiten, debe tener una lámpara permanentemente encendida”. Estos son los primeros pasos de la adoración sacramental que hoy realizamos por las calles, con la celebración del Corpus.

Fue en el siglo XIII cuando la adoración a Cristo presente en la Eucaristía se desarrolló en el pueblo cristiano. Dice la tradición que el Señor se apareció a santa Juliana, primera abadesa agustina de Mont-Cornillon, junto a la ciudad de Lieja, y le inspiró que instituyera una fiesta litúrgica en honor al Santísimo Sacramento. Bajo el influjo de estas visiones, el obispo de Lieja, Roberto de Thourotte, instituyó en 1246 la fiesta del Corpus; y en el año 1264, el papa Urbano IV extendió esta solemnidad litúrgica a toda la Iglesia latina.

El culto a la Eucaristía fuera de la misa se integró en la piedad común del pueblo cristiano. Muchos fieles practican diariamente la visita al Santísimo. En las parroquias, es común la celebración de la hora santa, la exposición del Santísimo diaria o semanal, y especialmente los jueves eucarísticos. Hoy, casi ocho siglos después, los cristianos de todo el mundo salimos a las calles de nuestras ciudades proclamando nuestra fe en Jesucristo resucitado presente en la Eucaristía.

Este año celebramos en Málaga el 125 aniversario de la Adoración Nocturna Española (ANE), una institución que continúa la tradición de las vigilias nocturnas de los primeros cristianos que, movidos por la enseñanza y el ejemplo de Cristo (“velad y orad”), no sólo rezaban varias veces al día, sino que se reunían a celebrar vigilias nocturnas de oración, como imitación a Jesús, que solía orar por la noche. La Adoración Nocturna Española se inició en Madrid, en la iglesia de los Capuchinos, en 1877, y en 1883 llegó a Málaga. En la actualidad, la Adoración Nocturna Española tiene en Málaga 21 turnos o grupos de adoradores, que velan (celebran vigilias de oración) en 18 parroquias y en el templo del Santo Cristo de la Salud, donde radica la sede diocesana de ANE. También existen grupos de adoradores en muchos pueblos de la diócesis: Antequera, Benalmádena-Costa, Coín, Cuevas de San Marcos, Fuengirola, Marbella, Ronda, San Pedro de Alcántara, Vélez-Málaga y dos en proceso de formación en Arroyo de la Miel y la parroquia de la Divina Pastora de Marbella.

Con motivo del aniversario, ANE ha organizado un ciclo de conferencias y una serie de actos, que estarán en breve al alcance de todos en un dvd que están editando. Uno de los conferenciantes fue el malagueño Carlos Dívar Blanco, presidente de la Audiencia Nacional y adorador nocturno de Madrid, que nos concedió una entrevista para Popular Tv Málaga. Así nos contaba la relación entre la adoración, la Eucaristía y la misión: “la Eucaristía me envía a la misión de compartir todo con mis hermanos, con todos los seres del mundo. Quiero compartir con ellos la oración, el sacrificio, los bienes materiales, porque eso es comulgar: comunión con los demás, y compartir todo, reír con los que ríen y llorar con los que lloran, entregarnos como Jesucristo se entregó. Ése es el compromiso al que me lleva la Eucaristía porque, como decía Madre Teresa de Calcuta, el mismo Cristo que recibo por la mañana en la comunión es el que voy a recoger a lo largo del día en los leprosos de Calcuta.

Yo, personalmente, tengo la misión de administrar justicia, y no la separo de este comulgar y procurar hacer bien. Intento que la administración de justicia sea lo más cercana posible a la divina, aunque somos humanos y tenemos fallos; pero para esto también existe algo tan grande como la misericordia y el perdón de Dios“.