El Miércoles de Ceniza inauguramos un tiempo litúrgico que nos llevará a celebrar los misterios centrales de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, en la Semana Santa.

Durante este tiempo, las comunidades cristianas organizan actividades de formación y culto: charlas cuaresmales, quinarios, novenas, celebraciones penitenciales, encuentros de oración, etc.

De entre todas estas propuestas, hemos querido fijarnos hoy en el Via Crucis, un ejercicio de piedad popular cuya traducción es “camino de la Cruz”. Según Alfonso Crespo, doctor en Teología Espiritual, “se trata de un itinerario de oración que busca adentrarnos en la meditación de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, meditando en su camino hacia el Calvario.

Camino que parte desde el palacio de Pilatos, donde es sentenciado a muerte, y que culmina en la colocación del cuerpo del Señor en el sepulcro. La tradición popular recoge 14 estaciones. La mayoría están narradas en el evangelio; otras, son una aportación de la devoción popular”.

Según Alfonso Crespo, el Vía Crucis era, al principio, “una devoción limitada a la visita a los Santos Lugares, en concreto la misma Vía Dolorosa de Jerusalén. Poco a poco esta devoción se extendió a otros lugares, concluyéndose con la colocación de las 14 Estaciones en los templos y en los caminos que llevan a la iglesia del Calvario de cada ciudad. En Málaga, se inicia la primera estación en la iglesia de San Lázaro”.

Pero el acontecimiento de la crucifixión no es sólo un hecho histórico que rememoramos, sino que tiene un sentido para el cristiano de hoy. Para Crespo, “la Cruz va unida al sufrimiento. Solemos decir popularmente, estoy pasando una cruz, un calvario. El sufrimiento pertenece a la misma condición humana: no hay que buscarlo, viene. Es fruto de nuestra condición limitada y de la participación en el pecado de la humanidad.

En su reciente encíclica Spe Salvi (Salvados en la esperanza), el Papa nos deja unos bellos pensamientos sobre ‘el sufrimiento como escuela de esperanza’. Debemos hacer todo lo posible por aliviar el sufrimiento con la justicia y el amor, pero eliminar el sufrimiento no está en nuestras manos”.

“Hay que contemplar –continúa– el sentido redentor de la Cruz: Cristo, al querer compartir voluntariamente el sufrimiento humano, hasta la muerte, nos abre la esperanza de que también nosotros compartiremos con Él el triunfo de la Resurrección. El Via Crucis es una devoción que se complementa con otra, menos extendida, el Via Lucis (Camino de la Luz y de la Resurrección). La primera nos lleva a la segunda. La meta no es la Cruz, sino la Resurrección”.

La Cuaresma es el tiempo propicio para el Via Crucis, pues “es un tiempo eminentemente penitencial y de conversión. Al contemplar la Pasión de Cristo –señala– y su solidaridad con el sufrimiento de todos los hombres y mujeres del mundo, queremos promover en nosotros deseos de conversión: de mirarle a Él, querer parecernos a Él y aprender a no hacer sufrir y a ser solidarios con todos los sufrientes. Cuando unimos el sufrimiento que nos viene al sufrimiento de la Pasión de Cristo, nos hace más disponibles para aliviar el sufrimiento de los demás”. Los que contemplan desde fuera estos ejercicios de devoción popular pueden pensar que los cristianos damos culto al dolor. Según Alfonso Crespo, “no se trata de gustar el dolor, esto sería enfermizo; se trata de ‘dar sentido al dolor’: aceptar aquel que no puede quitarse, aliviar con mi amor el dolor del que sufre, y unir el propio sufrimiento al dolor redentor de Cristo. Hay dos palabras hermosas que hoy se menosprecian: la compasión y la consolación. ‘Compasión’ no es ‘sentir lástima’, sino ‘padecer-con’: ponerme al lado del que sufre para aliviar su dolor, su pasión personal. Es una expresión de la mejor caridad cristiana.

Y ‘consolación’ es romper la soledad del otro, el peor cáncer de la sociedad moderna: hay que ‘ser-con’ en la soledad. Romper la soledad es hoy una urgencia: nunca hemos estado tan juntos… ni tan solos”.

Para este sacerdote, “hoy en día también hay muchos ‘crucificados’ y, a veces, escondidos. Cáritas insiste en los ‘nuevos pobres’, a veces de chaqueta y corbata. Está crucificado el emigrante que no tiene papeles pero sí hambre; la mujer maltratada que sufre en el anonimato; los divorciados que rompen su ilusión y la calidez de la relación familiar; jóvenes en busca de sentido; niños que son abandonados; ancianos que sienten el abandono afectivo de los suyos…”