«Manos a la obra» es el lema elegido por las Obras Misionales Pontificias para la Jornada Mundial de la Infancia Misionera, una cita de los niños, motivados por la Buena Noticia del Evangelio, para ayudar a los más pequeños del Tercer Mundo, con su oración y con su colaboración económica.
Es lo que se llama la misión “ad gentes”. Pero, también existe otra misión, la conocida como “ad intra”; es decir la que se realiza en nuestro primer mundo, entre nuestras comunidades parroquiales, entre los cristianos, para fortalecer nuestra fe, como nos dice el Proyecto Pastoral Diocesano.
En las últimas semanas hemos dado la noticia de un grupo de misioneros que se encuentra en el arciprestazgo de Fuengirola- Torremolinos animando a la misión. Es un intento de explicar a nuestras comunidades cómo realizan su labor y qué ayuda necesitan. Hoy nos vamos a fijar en el protagonismo de los niños en ambas misiones: en la que se centra en los que no han oído hablar del Evangelio, y en la que hace posible que sus propios padres retomen su fe. Son cada vez más numerosos los casos de padres que han vuelto a la Iglesia gracias al empeño que sus hijos han mostrado en las catequesis.
“Señor cura, ¿mi madre se ha confesado?”, ésta es una de tantas preguntas indiscretas e inocentes que un niño de catequesis preguntó a un párroco de nuestra diócesis, la víspera de su primera comunión. En una fecha en que nos fijamos en los niños como misioneros de nuestro mundo, no nos olvidamos de tantos niños como están siendo misioneros en su familia, ya que habían conseguido que sus padres reaviven el rescoldo de la fe que recibieron hace muchos años y que han descuidado con los quehaceres cotidianos. Francisco Javier e Inés se casaron y tienen dos hijos: Francisco Javier, de 8 años, e Inés de 5.
Nunca se habían alejado del todo de la parroquia, pero tampoco es que la frecuentaran demasiado. “Te metes en la rutina diaria y terminas yendo a misa los domingos y para de contar”, afirma Inés. Pero llegó el momento de comenzar las catequesis de preparación a la primera comunión de su hijo mayor y volvieron a retomar sus relaciones con la parroquia. Al principio, el hijo no ponía mucho entusiasmo con las catequesis y los padres tampoco sabían cómo explicarles la importancia de recibir este sacramento.
Entonces Inés empezó a implicarse en la parroquia para tener razones de peso que ofrecer a sus hijos y terminó siendo catequista. Ahora, hasta su hija pequeña está deseando que llegue el viernes porque, como ella dice, “toca catequesis”, ya que acompaña a la madre y al hermano a la catequesis.
“Yo hubiera seguido yendo a la misa del domingo, pero ahora voy casi todos los días, no sólo a la misa, sino también a las oraciones y charlas que se organizan en la parroquia... Esto no lo había hecho en mi vida”, asegura Inés.
Es más, los hijos de Francisco Javier e Inés han conseguido no sólo que los padres vuelvan a participar de la parroquia, sino que la oración y la Palabra de Dios hayan vuelto a entrar en su hogar. En casa de esta familia no había Biblia, pero los hijos querían saber qué es lo que se decía en ese libro tan importante del que se habla todos los días en la catequesis y ya se han “enganchado” todos.
Seguro que cada uno conoce varios ejemplos de padres parecidos a éstos, pero no siempre ocurre lo mismo. Inés se entristece cuando escucha a algunos niños decir que ellos no van a hacer la primera comunión porque los padres dicen que la catequesis dura muchos años; o cuando escucha a otro decir que no van a misa porque sus padres no lo llevan. Inés está convencida de que esto no es una obligación. Para ella es una alegría sentirse parte de la comunidad parroquial: “no se trata de ir los tres años de la catequesis, sino que no hay que dejar de ir a la parroquia. Ésa es mi experiencia y nuestros hijos nos han hecho redescubrir la alegría de la fe, de sentirse amado por Dios”.
