Cuando se produce una catástrofe, la ventaja de Cáritas consiste en que no tiene que ir, porque ya está allí y cuenta con una organización formidable.
Esto ha hecho posible que, al día siguiente de haberse producido el terremoto de Perú, estuviera prestando los primeros auxilios básicos. Durante varios días, ha repartido más 50.000 comidas diarias, además de pan y agua. Su red de voluntarios y su infraestructura permiten detectar las necesidades urgentes y acudir enseguida.
Por otra parte, Cáritas no envía comida ni mantas ni medicinas, sino que las compra en el lugar siempre que es posible, de manera que los beneficios se quedan en el Perú, se ahorran el gasto del transporte y se gana tiempo. Ante la enorme catástrofe, los primeros auxilios son sencillamente eso, primeros auxilios. Ahora hay que reconstruir la vida de las personas, los edificios empezando por las viviendas y todas las infraestructuras. Esto quiere decir que toda la ayuda es poca.
Por eso, tanto Cáritas como otras organizaciones católicas, entre ellas Manos Unidas e Iglesia Perseguida, han comenzado a planificar el trabajo.
Aparte de tres cuentas que Cáritas de Perú tiene abiertas en Unicaja, en el BBVA y en Cajamar, se puede entregar el dinero en las parroquias. No importa que se trate de una cantidad pequeña, pues lo que cuenta es la suma final. Una fuente importante son los niños de la catequesis parroquial, pues también ellos disponen de su propio peculio y conviene que descubran el valor de compartir.
Entre los edificios afectados hay varios complejos parroquiales y han surgido ya iniciativas interesantes para colaborar con estos hermanos que se han quedado sin templo. A quienes piensen que lo primero es la comida, la casa y la escuela, les diremos que no conocen al pueblo peruano. La vida de fe y la oración compartida es para ellos una fuente de energía que los moviliza y los sostiene en medio de su dolor. Han sido impresionantes las escenas de grupos en oración en medio del dolor, un dolor vivido con dignidad y esperanza.
