Celebramos el lunes 15 de agosto la solemnidad de la Asunción de la Stma. Virgen. Una fiesta que, en muchos pueblos y ciudades de la diócesis de Málaga tiene gran arraigo y protagoniza muchas de nuestras ferias que se celebran durante estos días a lo largo y ancho de nuestra geografía.

María llegó la primera

Cuando hablamos de la Asunción de la Virgen María, estamos hablando de una celebración que significa que María fue llevada en cuerpo y alma al cielo por el poder de Dios, a diferencia de la Ascensión del Cristo que lo hizo por su propio poder. Fue el Papa Pío XII quien proclamó solemnemente el dogma de la Asunción de María con estas palabras: “Pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”. De la definición de Pío XII se pueden destacar dos aspectos importantes: por un lado, que la Asunción de María ocurrió inmediatamente después de finalizar su vida mortal; y por otro, que se hace hincapié en la glorificación de su cuerpo corruptible. En este sentido, escribía Pablo VI que “nuestra aspiración a la vida eterna parece cobrar alas al reflexionar que nuestra Madre está allá arriba, nos ve y nos contempla con su mirada llena de ternura”.

Es significativo cómo esta definición solemne sobre la Asunción de María estuvo precedida, desde muchos siglos previos a su proclamación dogmática, de una devoción popular muy difundida, de discusiones teológicas y del testimonio de muchos padres de la Iglesia. Y además es importante resaltar que la proclamación de esta verdad de fe mariana también es consecuencia de los anteriores dogmas marianos.

En este sentido, podemos señalar que el misterio de la glorificación personal de María, es decir, su plena participación en la vida de su Hijo resucitado, es un privilegio singular. Y, por otra parte, es una verdad de fe que nos habla del misterio de la unión de los cristianos, porque en su asunción está representada toda la comunidad cristiana, al estar ya la Madre de Cristo viva y resucitada, estado final en el que nos ha precedido al resto de los discípulos de Jesús de Nazaret.