Cuando las bombas hicieron de los edificios escombros en el campo de refugiados de Yarmouk, en Siria, el joven Ayham Ahmad sacó su piano a la calle, lo colocó frente a la destrucción y se puso a tocar. Lo hizo cada día durante meses y aunque muchas personas tenían miedo a salir a la calle, su piano siempre estaba rodeado de niños y niñas cantando.

Pero un día, una bomba que apuntaba a su piano acabó matando a una de las niñas que cantaba a su lado. Entonces Ahmad pensó que ya no había más opción que huir.

En 2015 y durante más de un año y medio, el campo de refugiados palestinos de Yarmouk permaneció asediado por las bombas, sin agua, sin comida, sin electricidad. Antes del conflicto, más de 150.000 civiles y refugiados de Palestina recibían nuestros servicios. Hoy, la mayoría ya han huido pero dentro quedan más de 18.000 personas atrapadas, sin poder salir y sin apenas poder recibir ayuda.

En su huida, Ahmad, junto a su mujer y sus hijos, fueron detenidos antes de llegar a Turquía por las fuerzas de seguridad. Al ser liberados decidieron que sería más seguro que ellos regresaran a Siria y que él continuase solo para tratar de abrir un camino más seguro. En el primer intento de cruzar el Mediterráneo, su barca se hundió. Pero volvió a intentarlo y en septiembre de 2015 finalmente llegó a Alemania y se estableció en Múnich. Desde entonces no ha dejado de recorrer el país para explicar con su música que si hay algo que nos une como seres humanos, son las ganas de vivir.                      

Ahmad sigue tocando con su piano la melodía de Yarmouk, la de la vida frente a la muerte, la de la paz frente a la guerra.