Esta frase hecha se corresponde con una realidad. No hay más que poner a prueba tus recursos, dar rienda a tu capacidad de riesgo y pensar un poco en los demás para encontrarte más solo que la una.

Nuestros padres, escarmentados por una situación vivida a lo largo del pasado siglo XX, nos recomendaban siempre: “no te signifiques, no te apuntes a nada, no aparezcas en ninguna lista, ni para bien ni para mal”. Cuando se es joven se hace caso omiso a todas estas recomendaciones, por el solo hecho de venir de los mayores y sonar a imposición. Cuando se es mayor, dependiendo del grado de madurez mental y psicológica, se vuelve a arriesgar uno en función del compromiso que tengas contigo mismo o con los otros, a los que consideramos nuestros hermanos. Entonces vuelves a jugarte el pellejo -tu madre o tu mujer te dirían “sin necesidad”- y vives la incomprensión de los que ven en todo actitudes torticeras y segundas intenciones. Cuesta trabajo entender que se hagan las cosas por amor a Dios y a tus hermanos.

Este proceso tiene su coste. A lo largo de mi dilatada vida, de la que he dedicado una gran parte a la primera evangelización, me he encontrado con situaciones difíciles provocadas por la falsa interpretación de tu servicio por parte de aquel a quién dedicas tu esfuerzo… o los que le rodean.

Entonces hay que tirar de la oración y del acompañamiento del que murió en la Cruz en medio de la soledad. Seguro que te acompañan los amigos y los familiares, pero ese último kilómetro, cuando te abandonan las fuerzas y sufres la tentación de abandonar y mandarlo todo a hacer puñetas, lo tienes que recorrer solo y con la cruz a cuestas. El único cireneo que tienes es el propio Jesús de Nazaret que no te abandona.

Decididamente, termino esta reflexión -que comparto con mis lectores que, con seguridad, han sufrido en algún momento estas sensaciones- con la certeza que nunca se está solo del todo. Te acompañan esos que desde el cielo te entienden y te apoyan como nadie. Ellos pasaron en su día por esta situación.