Los mayores sentimos más el frío. Quizás nos movemos menos. Quizás hacemos menos ejercicio. Quizás nuestros órganos están cansados o atrofiados. La realidad es que nos convertimos en témpanos rápidamente. El alma, a veces, también se enfría.
El frío climatológico ha llegado. Parece que el grajo vuela bajo. Tiramos de guantes, bufandas y viejos abrigos con olor a años de servicio. Nos miramos unos a otros con temor de que esto no acabe nunca. Encendemos estufas y chimeneas y ponemos la calefacción del coche a todo trapo. Pero todo esto pasará mañana… o pasado. En marzo, volveremos a recuperar la rebequita y el paseo playero en mangas de camisa.
Lo malo es que a los mayores, a veces, nos llega el frío en el alma. Nos pasamos las noches de duermevela pensando lo que pudo ser nuestra vida y lo que no fue. Miramos con miedo al futuro cercano. A la enfermedad o la muerte. A la incapacidad, lo que es aun peor. Nuestra fe, cogida con alfileres, se desmorona al enfrentarnos con la realidad. Ya somos un número. Uno de esos “mayores” con los que la sociedad adopta una actitud paternalista.
Es el momento de tirar del abrigo y los guantes de nuestro espíritu, encender la llama de nuestra capacidad de amar y pasar del lamento y la queja al agradecimiento por la vida que aun nos sonríe. El agradecimiento por los avances de la ciencia que nos permiten tener unas expectativas de vida que nuestros abuelos no podían ni soñar. Y una vida con calidad. No para tirar cohetes, pero sí para movernos por este mundo con dignidad.
El frío llega con la incomprensión. De los otros y la nuestra propia. Tenemos que recurrir a nuestra paciencia y apelar a la de los demás. La tentación está en retirarte de toda actividad y moverte en tu campo de seguridad. En ese momento entras en el asilo de las ideas y de la actividad.
Por eso hoy, me abrigo con el ejemplo de aquellos que han estado dando el callo hasta el último día. Me pongo los guantes de la oración y me caliento con el encuentro con el que me necesita. Aunque no me comprenda.
