Hace varios años tuve la suerte de poder estar un par de horas en aquella ladera a la orilla del mar de Tiberíades.
Estuve solo. Hay momentos en que se agradece la soledad. Posiblemente no volvería a vivir un momento como ese. Por eso, decidí no hablar y pensar. Por delante de mí mente pasó la escena. Un montón de seguidores de Jesús, arracimados en el declive, escuchaban las palabras de misericordia que hacían contrapeso con las de condenación recogidas a lo largo de toda la revelación hasta esos días.
Esta semana las hemos recordado. Bienaventurados… dichosos… felices… lo mismo da. Nos plantea unas alternativas, que se desprenden de su seguimiento, que nos llevarán a encontrar la felicidad en medio de un mundo que la desprecia.
Si los analizamos uno a uno –recordando aquella regla nemotécnica que nos enseñaron en la escuela “pomanllohanmilipapa”- nos encontramos con la dificultad de “acoplarnos” a alguno de ellos. Mucho menos a todos.
Cierto día nos explicaba este pasaje evangélico a un grupo de fieles el entonces Obispo de Málaga Don Ramón Buxarrais. Ante nuestra dificultad para sentirnos “bienaventurados”, nos dio la pauta a seguir. Las bienaventuranzas no son el camino, son la meta. El camino son las obras de misericordia.
Una vez más he tenido que recurrir a mi maltrecha memoria para recordar aquellas 14 espirituales y 14 corporales que tan presentes tenemos que ver. Especialmente este año de la misericordia.
Por eso ha venido a mi mente aquella mañana al borde del lago de Tiberíades donde noté la presencia de Jesús en aquella hierba rala y pisoteada por tantos visitantes, pero que a mí, personalmente, me llenó de esperanza de que algún día lejano seré feliz, dichoso o bienaventurado. Y vosotros lo del “segmento de plata” conmigo. Nos quedan diez minutos.
