Con esta frase despedía Mónica Naranjo, artista invitada del “Hormiguero” a un guitarrista y cantante especial que había intervenido en el programa. Se trataba de Mark Johnson, un intérprete peculiar. Su diferencia consiste en que nació sin brazos y toca la guitarra, conduce, utiliza el monedero y el teléfono móvil o cambia los pañales de sus hijos con los pies.
Algunos que presumimos de tener ambos brazos, ni los utilizamos, ni los sabemos utilizar. Nos dedicamos a pavonearnos de nuestros logros y a quejarnos de lo mal que va todo cuanto vemos pasar por delante sin “rompernos ni mancharnos”. Estoy cansado de reunirme con personas del “segmento de plata” y dedicar nuestro tiempo a pasar revista de los “muertos y heridos” de nuestro entorno, a añorar el pasado y a pasar revista a nuestras enfermedades ciertas o inventadas que superan en calidad y en cantidad a la del prójimo que nos aguanta.
En mi actividad diaria de comunicador en contacto con la gente realmente “distinta” contemplo como superan sus dificultades aquellos que realmente no tienen más remedio que hacerlo para subsistir, mientras gente tan “petarda” como yo mismo nos hundimos en la depresión, la queja y el recurso a los fármacos, antes que afrontar la realidad de nuestra vida y dar gracias a Dios por lo que tenemos, que es mucho, en lugar de quejarnos de lo más mínimo que nos contraría.
Tengo que aprender mucho de los guitarristas sin brazos, de los paralíticos cerebrales locutores, de los invidentes deportistas o de los mayores alegres y con futuro.
Al final, quién menos nos esperamos nos da ejemplo de cómo ser felices en la aceptación de nuestras peculiaridades y nuestro día a día. Mark Jhonson, el guitarrista sin manos me ha emocionado. He aprendido mucho de él.
