En el espacio social de la efervescencia política acaba de firmarse la más ambigua convocatoria electoral de todos los tiempos. Todo el mundo sabe que la intención es la propuesta de independencia para Cataluña y, al mismo tiempo, nadie ignora que eso -el término independencia- no puede quedar explicito en el decreto porque, según la constitución vigente, sería ilegal. Una especie de juego de magia que enseña a ver la política como un malabarismo; como una suerte de “listezas” y oportunismos donde nada es como se dice ni nada se hace sin una segunda intención encubierta.

Con independencia de lo expuesto, hay algo que chirria; una frase; quizá sólo eso, una frase desafortunada. Puede que un simple slogan que se coló en el ardor de un discurso. Dice así: “los catalanes tenemos un perfil genético distinto a los españoles”. 

¿Puede admitirse una diferenciación genética entre las personas que les impida relacionarse en el afecto y la concordia?

EL señor Dios hizo a los hombres y a las mujeres a su imagen y semejanza. Semejantes a Él nos hizo. Ninguna otra criatura de la Tierra gozó de semejan privilegio. La Biblia destaca la unicidad intrínseca del ser humanos.

Ya sé que la apelación al Génesís, o, en general a la Biblia, produce una sonrisa entre despectiva y de conmiseración entre una gran parte de la que llamamos clase intelectual.

Sin embargo, hay algo irrefutable; el amor. La capacidad de amar sí que distingue y perfila al ser humano con absoluta nitidez. El amor es de Dios y solo aquellos elevados a la categoría de “imagen de Dios” pueden sentirlo. Las criaturas diferenciadas por Dios pueden sentir el amor aunque nunca lleguen a saber que “cosa es”.

Sin embargo, sí saben que el amor es enemigo de las razas, de la soberbia racista, de las distinciones genéticas.

El establecimiento de clasificaciones que vayan más allá de las formas físicas, afecta a la entidad misma del hombre. A su misma esencia.