Curiosa polémica la que ha suscitado en Grecia la presencia del ministro Panayotis Kurublis en una procesión religiosa. Resulta que Panayotis es cristiano, cosa que parece insólita o, al menos, muy extraña en un gobierno marxista como el de Syriza que manda en Grecia desde las pasadas elecciones.

Cierto que el marxismo negó la existencia de Dios desde su misma fundación. Nacía entonces eso que, después, se llamó “progresismo”. Para la concepción “modernista” de la época, permítaseme que la llame así, Dios era una especie de tutor del ser humano que la inutilizaba para hacer su propia trayectoria vital. Partió el marxismo de una supuesta mayoría de edad del hombre y, a la vez, afirmaba su bondad natural que no tardaría en aflorar si se establecían las condiciones necesarias para ello. Estas condiciones se sintetizaban en una solo frase que hace unos día exhumaba la juez Carmena: “a cada uno según sus necesidades”. Quedaba relegado al oscurantismo el hecho maravilloso de la Redención; si el hombre es bueno por sí mismo, ¿de qué tiene que ser rescatado o liberado? ¿Cómo puede entenderse racionalmente que el Hijo de Dios, nada menos, descendiera a la Tierra? Como creyeron los viejos marxistas, “todo esto de la Redención es material histórico perfectamente desechable”.

Han pasado muchos años y ocurre que el marxismo no puede entenderse en el siglo XXI si no es separado de la historia en la que ha pretendido transformar al ser humano. El libro que el viejo y honrado comunista Ramón Tamames acaba de presentar en la feria del libro de Madrid lo explica con gran claridad. El marximo solo se entiende separado del verdadero ser humano, como una especulación teórica al margen de la realidad. El verdadero humanismo es el cristianismo; la palabra de Dios que penetra en el alma y la convierte, la cambia.

Recuerdo los versos de un poeta cuyo nombre desapareció en la vorágine literario-filosófica de los primeros años del ya lejano siglo XX. Se llamaba Joaquín María Balttrina: «Todo lo sé; solo la ciencia a mi ansiedad responde y, por la cien ciencia sé, que no existe ese Dios todopoderoso que siempre oculta el último por qué. Mas ¡ay! que cuando exclamo satisfecho todo lo sé, siento aquí, dentro del pecho, un algo, un no se qué».

Dejen en paz al señor Panayotis asistir a las procesiones que desee. No se lo impidan ni le castiguen por su cristianismo. A nadie hará daño por ello. Más bien, todo lo contrario.