Un rey diferente a los demás
Llegamos al final del año litúrgico. La semana próxima inauguraremos el Adviento. Cada año, al llegar al final del tiempo ordinario, celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del universo. La lectura del Evangelio que hoy se proclama en la Eucaristía nos trae la imagen de ese Cristo que es Rey y Señor de la historia, pero que, a la vez, ha vencido desde su humildad al pecado y a la muerte.
Jesús es un rey diferente a los demás –bien lo sabemos-. Su reino no es de este mundo, y no se basa en un poder mundano. Su manera de reinar es servir y dar la vida. Y en ese sentido, nos dice hoy que hay
un criterio firme para declarar si pertenecemos a su reino: la manera en que nos situamos con los demás: la fraternidad. Al final de la historia, Cristo juzgará los corazones: ¿estuve cerca de aquellos que lo pasaban mal? ¿Di pan al hambriento? ¿Fui misericordioso? ¿Auxilié al que me pidió ayuda? ¿Sufrí con el que sufría?
Hoy circula una idea de Dios un tanto falsa, según la cual al final de nuestros días Dios nos las va a pasar todas, en plan “abuelete”. Pero la realidad esqueDiosesbuenoyalavez justo. Nos exige responsabilidad alahoradevivir.Nonosvaa decir “todo da igual, no pasa nada”. Y ciertamente nos pedirá cuentas de nuestras obras de misericordia. Solamente en el amor al hermano, como expresión del amor a Dios, hay salvación. Que al final de nuestros días, el Señor nos dé la gracia de poder escuchar esas palabras suyas: “¡Venid vosotros, benditos de mi padre!”
¡Feliz semana!
