Lo que más sorprende y posiblemente escandalice es la confluencia de izquierdas y derecha en el mismo afán. Me refiero, claro, al escándalo de las tarjetas “opacas” de Banquia y Cajamadrid. Es duro de aceptar pero lo cierto es que esta sociedad camina rehaciendo su vaciedad a golpe de materialismo. Nos hemos quedado desnudos ante la muerte de nuestros mitos. Liberalismo, socialismo  electrizaron a nuestros abuelos. Nuestros abuelos murieron. Sus mitos sobreviven nominalmente porque nadie ha inventado el relevo. Nunca ha existido un pozo existencial más hondo, más vacío, más desprovisto de asideros.

Los marxistas y los liberales se dan la mano ante el objetivo común de repartir intereses. Al final, todo termina aquí. ¿Por qué? ¿Cuál es el final de la lucha en favor de los pobres de la Tierra? El horizonte está lleno de interrogantes. El presente, en cambio, lo está de tarjetas.

Es que Marx – hombre- no habló de sociedades. Las sociedades son un artificio compuestas de hombres y mujeres que, de manera natural, tienden a vivir mejor personalmente. Marx no era ingenuo; tenía los pies en el suelo.  Estaba convencido de que las sociedades no cambian. Los que pueden transformarse son las personas. Marx se había criado en un ambiente cristiano. Estos marxistas contemporáneos están convencidos de que las sociedades pueden transformarse en benéficas mediante el simple convencimiento intelectual. Como cantaba el poeta Gradov: “Todos estamos ocupados en el bien de cada uno y cada uno en el de los demás”

Liberalismo y marxismo nacieron tras las piquetas que demolieron unas sociedades crueles y altaneras autodenominadas cristianas. Es el “hombre nuevo” el que crea sociedades nuevas. Es la persona de amor la que rechaza aquello que contradice al amor. La persona de amor es obre del Espíritu Santo. Siempre, aunque ni ellas mismas lo sepan. Lo demás son etiquetas que se pegan con la mismas facilidad que se despegan. Solo eso.