El hermano García Viejo ya ha pasado la frontera. No ha tenido problema. Ninguno. Su documentación estaba en regla. Le aplaudían hasta las ramas de los árboles del cielo. El mismo señor Jesucristo le saludó: «ven, bendito, porque tuve hambre y me diste de comer, estuve desnudo y me vestiste…»
El hermano García Viejo no usaba revolver. Ni decía palabras violentas. Hombre, se indignaba ante la injusticia. Lo pasaba fatal con el espectáculo de un occidente despilfarrador, hedonista y un África tan cercana en espacio y lejana en las intenciones; ante esa África muerta de hambre y de ébola; pero no trataba de reparar la contradicción a tiro limpio. Es más, estaba convencido de que la injusticia y el odio están enraizada en el egoísmo y que no hay bálsamos, negruras ni dulzura, que los cure. Solo se diluyen en el contacto personal con el Señor Jesús.
Eso es así porque, como confidenció el apóstol San Juan, Dios es amor. “ES”. O sea, la esencia de Dios es Amor. Tengo aquí, delante de mis ojos, una mesa. Se diferencia de los demás muebles en que es eso, mesa. No puede ser otra cosa. Si perdiera su condición dejaría de ser lo que esencialmente es. Por eso, el primer y máximo mandamiento de nuestro Dios consiste en el amor. Jesucristo contesta a un doctor de Israel, erudito en la Ley de Dios, diciendo que toda la ley y los profetas consisten en amar a Dios y al prójimo. No hay más.
Bueno, pues el hermano García Viejo lo tomó literalmente, o sea, como hay que tomarlo, que Dios no dice palabras superfluas, y se encarnó con los débiles, con… ¡qué se yo!
Sí; el hermano García Viejo ha pasado la barrera entre este mundo y ese al que denominamos “otro” Le han dado nuevo carné de identidad, otra ciudadanía. Lo curioso es que lo ha conseguido de tal manera que - ¡hay que ver!- parecía feliz. Que sí. ¡lo parecía! En la última foto que le publicaron los periódicos estaba rodeado de negritos y más a gusto que unas pascuas.
Ahora lo es mucho más. El mismo Jesús le ha dicho: «Ven bendito…».
