Alberto Ruiz-Gallardón

Seas de la tendencia política que seas –al fin, las tendencias son simple artificio - produce una inmensa sensación de vacío la soledad de Ruiz Gallardón. Hace poco era una figura emergente y aplaudida. Hoy es un político amortizado.

Los periódicos han divulgado su imagen parlamentaria solitaria en medio de la “bancada azul”.

Gallardón,  se supone que con el apoyo del gobierno, hizo público el borrador de un proyecto de ley del aborto para modificar el actual tan permisivo que, prácticamente, equivale al aborto libre.

Inmediatamente la izquierda unió sus filas en defensa de los derechos femeninos. Se entiende, por tanto, que la derecha aboga por arrebatar derechos exclusivos de las mujeres mientras la izquierda trabaja por mantenerlos. En esa brega, surge la aritmética fría, ajena a toda emoción, y pone los puntos sobre las íes;  de acuerdo con la realidad del mercado social, si el PP apoya alguna restricción en el aborto, miles de votantes  progresistas abandonarían su fidelidad al partido en las próximas elecciones. A partir de ahí, la derecha se izquierdiza a toda velocidad, y envía tanto el proyecto como a su autor al cajón de los recuerdos. ¡Qué cosas hace la aritmética oye!

Derecha e Izquierda son viejas danzarinas en las plazas del mundo. Nunca han llegado a precisar los límites de sus contornos. Se supone, sin embargo, que mor de su supuesto respeto a la tradición, la derecha está más dispuesta a conservar valores morales tradicionales que la izquierda. Por lo visto, no es así. En el momento actual, la línea divisoria  se hace muy imprecisa, difusa.

En un análisis superficial, gran parte de la gente tiende a considerar que la izquierda nació para ser amparo de los débiles contra los poderosos. Hoy, después de cientos de años, puede observarse que una y otra marchan a atravesados dos por el oportunismo. Sobre izquierda y derecha planea el materialismo que lo reduce todo a guarismos, a tantos por ciento.

Izquierda y derecha no advierten que, sin el cristianismo, jamás hubieran nacido. Unas y otras existen porque el señor Jesús había establecido la condición única, inviolable, de la persona humana. Hoy, en una ceguera hedonista, propia de esta sociedad embrutecida por el placer y el consumo, se adjudican la decisión suprema sobre la vida misma. La vida es, poco más o menos, el resultado de sumar o restar. Nada más.

Solo eso.