El “balconing” es una manera alegre, festiva, de salir del mundo; una forma de suicidio risueño si puede decirse así. Desde una venta del cuarto piso se arroja uno a la piscina que, en la nebulosa que proporciona medio litro de buen coñac, parece cercana.
Después nada; la fuga del todo, la desaparición del hastío.
El “balconing” es práctica habitual entre jóvenes occidentales, hijos de buenas familias, muy aburridos en el día a día de la existencia que- hay que ver- se hace muy ha monótona, ¡hombre!
Pasan el verano en Mallorca, concretamente en las playas de Magaluz; traen, como metas, el sexo desbocado, el alcohol, algunas drogas y el embrutecimiento feroz que exime del duro trabajo de pensar.
En Magaluz se puede unir la vida a la muerte mediante el placer; vivir sin cortapisas ideadas por esa sociedad caduca y supersticiosa que quiere poner límites a los sentidos. Alrededor del “balconing” solo hay tréboles de cuatro hojas y botellas de ginebra que borran las supuestas sendas hacia el futuro. En realidad, ¿tenemos futuro?
Esta temporada deja varios muertos en Magaluz. Jóvenes que se partieron la cabeza jugueteando al equilibrio inestable. Quedaron sobre los ladrillos que rodean las piscinas hoteleras. Nuestros jóvenes son un símbolo de esta nueva Torre de Babel que quiere llegar al cielo sin contar con Dios.
Constant Virgil Georghiu escribió un libro que no hace mucho fue un auténtico "best seller". Se llamaba “La hora 25”. Es decir, la hora que no existe, la que va después de la última porque el día no tiene más que veinticuatro. ¿Vivimos esa hora? Georghiu estaba convencido de que sí.
Hace tiempo que murió y su cuerpo descansa en lo que él llamaba “la dulce tierra de Betsarabia, allá en la lejana Rumanía”
Muchas veces pregunté a Georghiu por la “Hora 25” y siempre afirmaba que nuestra civilización, la occidental, aquella que escogió el Señor Jesús para llevar al mundo su Evangelio, vive “su hora atemporal, su hora 25”
Cuando veo a estos niños borrachos y saltarines, viejísimos ya, con la mente y la moral calcinadas por el zafio materialismo imperante, recuerdo intensamente al viejo Gorghiu. ¿Estamos en la hora sin tiempo?
