Hablaba la otra tarde con una joven. Me transmitía su sorpresa por la cantidad de historias y sucedidos que recordábamos en casa. Como somos muchos, cada vez que nos reunimos, alguno saca a colación algún episodio de nuestra vida pasada. Siempre acabamos completando el suceso entre todos, lo que lo hace más rico y emocionante. Ella, apesadumbrada, me manifestaba su disgusto por no recordar nada de su infancia -mucho más cercana que la mía, le doblo la edad- e intentaba dilucidar porque no podía acceder a esa información que, seguramente está en su “disco duro”.
Esta situación me hizo recapacitar como en estos tiempos se ha perdido la conversación fluida y tranquila que antes se desarrollaba en el salón o en la mesa de camilla. La televisión, el ordenador y, sobre todo, el maldito teléfono que sustituye a todo lo anterior, han conseguido que, unido a la decisión de los arquitectos y diseñadores de interiores, estemos todos en habitaciones que parecen salas de espera, unos sentados al lado de otros y todos mirando hacia el mueble donde reina el aparato receptor de televisión. Y, sobre todo, el móvil en la mano. No nos vemos la cara. Si acaso hablamos con los miembros de nuestra familia que pertenezcan al mismo grupo de “guasap”, aunque los tengamos al lado. Hasta en los restaurantes comemos por libre, aunque estemos en una mesa común, enfrascados en nuestro “telefonino, ipad, ipod”, o lo que sea el bicho.
He recibido un correo de un antiguo compañero de trabajo, hoy amigo y lector, en el que me transmite una bella historia que le ha contado una anciana referente a sus ancestros. Le he dicho que la amplíe y escriba, que yo se la transmitiré a mis lectores. Esa es otra, no dudéis en escribir lo que se os ocurra, aquello que recordéis con emoción, aquello que os hubiera gustado vivir. Eso es lo que yo hago cada día. Algunas cosas les pueden interesar a todo el mundo. Otras, a los que os conocen. Todas a vosotros mismos. No os perdáis esa posibilidad.
Arnelio, espero tu historia ampliada. La transmitiré con mucho gusto. Recordar es volver a vivir.
