“En esto Jesús les salió al encuentro y les dijo ¡Salve! Y ellas acercándose se asieron a sus pies y le adoraron. Entonces les dijo Jesús: No tengáis miedo. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. (Mt 28, 9-10).
Este fragmento de Evangelio que hemos contemplado en estos días, recoge la frase que tantas veces se nos recordado por activa y por pasiva, una vez tras otra, nuestro añorado amigo Fernando Jiménez Villarejo. No tengáis miedo. A pesar de sus recomendaciones, el que esto escribe, día tras día y circunstancia tras circunstancia, cae en el error de sentirse solo ante las adversidades.
Lo bueno que tiene el miedo es que te hace recurrir a lo más profundo de tus sentimientos y agarrarte a lo único que te queda: tus personas queridas y tu escasa fe. La Pasión te llega en cualquier momento, sea la fecha que sea, y la Resurrección al hombre nuevo te alcanza cuando, de verdad, te dejas acompañar por el que murió por nosotros y, encima, metes en el lío a su Madre.
Una vez más, el pedid y recibiréis, el buscar y hallaréis, el llamad y se os abrirá, se convierten en verdades incuestionables que te hacen descubrir lo pequeño que eres y lo grande que te hace el agarrarte a aquello que te enseñaron tus padres en la fe: Cristo y tú, mayoría aplastante.
San Francisco nos decía: Señor, Hazme instrumento de tu Paz… Donde haya tinieblas, que lleve yo la luz. En su sencilla oración nos marcaba el camino hacia la felicidad. Ese camino al que no le ves el fin, pero que, en pequeñas etapas, vas recorriendo.
Una vez más tengo que proclamar: Dios se lo pague a Dios. Esto funciona.
