Miércoles santo. Se acerca aceleradamente la noche oscura para María, la madre de Jesús de Nazaret, una mujer de nuestra raza.
Nace, como escribe un poeta, de un fértil vientre de mujer. Nace de otra mujer, cuenta la tradición que se llama Ana. Y será precisamente el cántico de Ana, eso sí, de otra Ana, el que inspire después del abrazo de mujeres embarazadas: Isabel y María, su himno subversivo, el Magnificat. Pero ¿quién es María de quien el Concilio Vaticano II afirmó que fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores y vencedor del pecado y de la muerte? ¿Quién es esta mujer nazarena que es ensalzada como Reina del Universo y que se encuentra en el camino de la cruz? Una mujer discreta y de fe. Eso sin duda. Supo retirarse a tiempo para dejar que naciera la nueva familia de Jesús, la familia de sus discípulos.
En su corazón habrá guardado siempre la palabra que el ángel le había dicho cuando todo comenzó: «No temas, María». Y paradójicamente en el momento de la cruz la familia que ella propició con su manera de entender las cosas desapareció. Salvo Juan, los discípulos han huido. Ella no. Está permanece al pie de la cruz junto a un puñado escaso de mujeres con el valor, fidelidad y la bondad de la madre. Con su fe resiste en la oscuridad. María permanece fiel cuando prácticamente todos huyen. Por eso, en la hora de la cruz, en la hora más oscura del mundo se convierte en Madre de los creyentes.
