Adolfo Suarez forma ya parte de la leyenda nacional. De la leyenda no de la Historia. La Historia es fría, objetiva e impertinente; la leyenda es cálida e interpretativa. España es un país de leyendas. Adolfo Suarez es eso, insisto, una leyenda.
Desde la Secretaria General del Movimiento o sea, desde la mismísima esencia del régimen, desde donde se sacralizaban las instituciones, y sin la más misma interrupción, pasó a partero, comadrón y árbitro de la democracia. Fue “creador de concordias” como reza su epitafio. Luego le traicionaron. Pero eso es otra guerra; otra guerra también de gran sabor español. Decía José María Pemán que somos la gente del dos de mayo pero no del tres. Es verdad, las celebraciones y novedades nos entusiasman; la rutina nos saca de quicio.
No es imaginable un fascista italiano de Musolini procurando la democracia en italiana o a un hitleriano haciendo algo parecido en Alemania. En España, es posible. Forma parte, ya digo, del carácter veleidoso, tangencial, de nuestra idiosincrasia.
Hemos procurado un gran entierro a nuestro primer presidente de los tiempos modernos. Hemos visto algo insólito; a tres ex presidentes de muy diferentes trayectorias y opuestas ideologías, juntos y sonrientes. Según confidencializó Zapatero, Aznar preguntó a González –aquel al que tanto asedió en el congreso– por la salud de sus nietos… En fin, hemos visto lo normal en el marco de lo solemne.
Hay algo que, quizá, los españoles no hayamos captado todavía; la existencia de muy pocas cosas dignas de entrega total, el ejercicio de separar lo efímero de lo trascendente. Las llamadas ideologías sociopolíticas en vigor sobreviven porque no tienen recambio. Las ideologías que un día se nos presentaron como fundamentales e, incluso, redentoras, han fracasado. No resta más que la fugacidad de todo y tres antiguos enemigos preguntándose por la salud de sus nietos. Y la muerte que esencializa y nos fuerza al entendimiento; somos navegantes en la precariedad de un barco a la deriva. Dios ha puesto pocas cosas en nuestros corazones: la necesidad del amor y, en consecuencia, la perentoriedad de implantar la justicia. Para esa obra hacen falta pocos andamios
