Los jóvenes viven con la esperanza de algo nuevo y les planificamos un horizonte de consumo. Les entregamos material usado que se les desvanece entre los sueños

Un vídeo con imágenes pormenorizadas de dos niñas en plena lucha callejera ha conmovido a la opinión pública española; algunos momentos de la pelea rozaban verdadero sadismo. Las redes sociales las han reiterado hasta la saciedad.

Parece que la violencia de nuestra sociedad llega agudizada hasta a los jóvenes. Muchos mayores tratan de evadirse con un argumento aliviante: “siempre ha sido así, los chicos y, de manera especial los adolescentes, tienden a la violencia”.  Es que la cultura imperante procura la evasión, el escapismo; es la lógica de un mundo asfixiado por mil realidades amargas.

Cada joven es un “buscador de primaveras” La frase es de un rey griego- Atreo de Micenas- que se pierde en las lontananzas de la mitología. Sin embargo, su actualidad es indudable. Desde el principio, nos iniciamos en la vida buscando aquello que intuimos bajo la costra de lo habitual, algún encuentro con la belleza. Solo encontramos vaciedad, universo de valores muertos y la centralización de metas inscritas en el materialismo más grosero. La esperanza de ideales ya desaparecidos; solo el placer merece la pena. Vivir es gozar; vivir es “tener electrizada la médula espinal”, decía un poeta olvidado.

Los jóvenes viven con la esperanza de algo nuevo y les planificamos un horizonte de consumo. Les entregamos material usado que se les desvanece entre los sueños. Les mostramos que no hay más “santo” que el “yo” elevado a los altares del egoísmo.

Jesús buscó a los jóvenes. Prohibió taxativamente que les impidiésemos seguir el camino que conduce a Él. Jesús es la primavera de todas las vidas. Ya digo, son “buscadores de primaveras” que no encuentran sino el amarillo de un otoño avanzado.