El pasado jueves 27 de febrero, en la Misa en Santa Marta, el papa Francisco invitaba a “acompañar a quien ha fallado en el matrimonio”
Días pasados leía una columna en un periódico digital con el que colaboro desde hace años, en la que se recogía una reflexión sobre las distintas interpretaciones que se hacen del Evangelio desde los escritos, los púlpitos y las declaraciones puntuales a escala personal. El columnista se basaba en la pastoral para los separados, divorciados, casados civilmente, etc.
Pienso que cuando nos metemos en estos jardines, especialmente cuando no estamos capacitados para ello, lo que hacemos es confundir a las personas de buena voluntad y damos cancha a los que pretenden encontrar los tres pies al gato a semejanza de los que enseñaron la moneda a Jesús. A mí, personalmente, me gusta, en primer lugar, apelar a lo profundo de mi conciencia, que normalmente es mucho más dura que cuanto me puedan indicar los demás, y, en segundo lugar, acudir al “especialista”. Hay muchos en nuestra Iglesia. Pero, de manera muy destacada en los tiempos que corren, tengo una gran confianza en el Papa Francisco. El pasado jueves 27 invitaba en su Misa en Santa Marta a “acompañar a quien ha fallado en el matrimonio”. El Papa, comentando esa mañana el Evangelio del día, se detuvo en la belleza del matrimonio y advirtió que es necesario acompañar, no condenar, a todos los que experimentan el fracaso del propio amor. Lo pueden ver aquí:
Evangelio puro; no duro. Jesús tan solo entiende de la velocidad que te imprime el amor. Cada uno la suya. Al final nos redimirá Jesús que pondrá lo que nos falte. Creo que debemos escrutar menos el Evangelio y vivirlo más.
Ahora tenemos un maratón de cuarenta días. Lo recorreremos cada uno a su ritmo. Lo importante es morir al hombre viejo e intentar resucitar con Él. En este empeño no hay velocímetros.
