Conocí a un inmigrante que guardaba veinte euros en calderilla dentro de un pañuelo anudado; no lo he podido olvidar. ¡El iluso creía que con eso pagaba la entrada al paraíso!

La opinión pública se ha conmovido con la muerte de quince inmigrantes en la frontera de Ceuta. La muerte conmueve siempre. Mucho más en casos y circunstancias como éstos. Hombre, es que la gente que muere en nuestras fronteras, autoexiliada de todas partes solo desea convivir en un mundo donde –hay que ver- habitan personas que comen tres veces todos los días. Quieras que no, eso duele. Es algo que araña el alma. Visto desde África, este mundo nuestro, anodino y gris, es una especie de paraíso de colores donde todo el mundo monta en coche y tiene cuarto de baño. Lo malo es que miles de esas personas que vienen a vida o muerte se han enterado de que nuestra prosperidad está basada en su pobreza. Es decir, conocen que durante muchos años les hemos robado materia prima para fabricar esta especie de milagro que disfrutamos. Y saben también, en sus propias carnes lo saben, que no estamos dispuestos a compartirlo. Casi todas las leyes y decisiones de nuestro mundo, llamado el primero, están preparadas para evitar intromisiones del tercero.

¿Qué puede pasar? En nuestro espacio cultural cunde el hastío y se desvanecen los ideales. Tampoco hemos dejado lugar para la misericordia. Nuestros muchachos son buscadores de fines de semana. Cada sábado, estos niños de “casa bien” rellenan sus tripas de alcohol, sueñan sueños de viejos y cambian a superman por anfetaminas. Nos estamos quedando sin recambio. Desprovista de valores morales, la Tierra que hizo Dios para todos los seres humanos camina a la pata coja; noventa y cinco familias manejan más dinero que la mitad de todos los demás juntos. Allí, enfrente de la renta per càpita desmesurada, hay un montón que suspira por un bocadillo de atún.

Conocí a un inmigrante que guardaba veinte euros en calderilla dentro de un pañuelo anudado; no lo he podido olvidar. ¡El iluso creía que con eso pagaba la entrada al paraíso! ¡Con lo que han subido los precios paradisíacos! El Señor Jesús mandó dar de comer al hambriento. ¡Ah! Y posada el peregrino…