De un tiempo a esta parte he optado por esforzarme en aceptar a los demás como son; especialmente a los míos. Y he descubierto que se consigue más con una sonrisa que con un montón de reproches.
Hace muchos años, demasiados, cayó en mis manos una hoja de papel con cuestiones para motivar a la reflexión. Entre otras preguntas, lanzaba la siguiente: ¿cuando tú llegas a cualquier sitio, aportas alegría o tristeza? ¿Se alegran de tu llegada o, por el contrario, le amargas la vida a cuantos están allí?
Parece mentira, pero hay frases que te marcan para toda la vida. Esta ha sido, para mí, una de ellas. Los que presumimos de rectitud, de hacer bien las cosas, confundimos los términos y nos movemos, a veces, tan solo en el campo de la crítica ácida y la intolerancia. Mientras más mayores, peor. En infinidad de veces, la gente lo está pasando bien, haciendo el ganso, disfrutando de la vida, y aparecemos con un gesto contrariado, intentando transmitir una rigidez que nada tiene que ver con el amor y la comprensión.
Esta actitud la acendramos cuando estamos en nuestra casa o entre los más cercanos. En la calle, intentamos hacer el “paripé” y quedar bien, con una mueca forzada ante lo que no nos gusta o consideramos “incorrecto”. Con los que conviven contigo es distinto. Ahí “nos lucimos”.
De un tiempo a esta parte he optado por esforzarme en aceptar a los demás como son; especialmente a los míos. Y he descubierto que se consigue más con una sonrisa que con un montón de reproches. En tu relación con los demás sucede lo mismo. Llevo mucho tiempo observando que los funcionarios, los empleados de banca, los sanitarios y, en definitiva, todos aquellos que te prestan sus servicios, mimetizan tu actitud. Cuando les tratas con amabilidad (algo más que la corrección), saludan y sonríen; solucionan problemas, en vez de crear dificultades, y terminan por sentirse tan satisfechos como tú de la relación laboral, profesional o personal que mantienen contigo.
Os propongo que hagáis la prueba. Algún amigo, a instancias mías, lo está haciendo. Ha descubierto que la gente contesta a los saludos, habla en los ascensores y disfruta solucionando tus problemas, en vez de crearlos. El cambio de actitud beneficia a todos. Tiene que empezar por nosotros mismos. Los del “segmento de plata”. Los que tenemos mucho que ganar y poco que perder con nuestra opción por la amabilidad. Si lo hacemos, nuestro pequeño mundo será más respirable.
