Las últimas declaraciones de la Conferencia Episcopal española han vuelto a poner en ebullición algo que parecía un poco más apaciguado; me refiero al aborto. Sin duda es un asunto que no deja indiferente a nadie y la Conferencia ha dado desde el primer momento la única respuesta posible a la luz del Evangelio.

Sobre el aborto se ha discutido en  todos los foros, tertulias y periódicos sin que se encuentre, siquiera mínimamente, alguna aproximación entre las partes interesadas. Unos defienden el inalienable derecho de las mujeres sobre su propio cuerpo. Los otros no niega ese “principio”,  simplemente entienden que no lo tienen sobre el cuerpo del “otro”, persona también, aunque no haya nacido aún. El mismo Partido Popular, protagonista del proyecto de ley, sufre en sus filas las consecuencias de la polémica.

Lo que más choca es el argumento que determinados sectores sociales quieren hacer valer; dicen que  de aprobarse esta ley  nos convertiríamos en el país más atrasado y retrógrado de todo  nuestro entorno cultural. Un alegato sin demasiada fuerza esencial pero que propicia la adhesión de muchos que desean ser considerados progresistas en cualquier circunstancia de la vida. El término progresista se ha convertido en un verdadero banderín de enganche válido para todo aunque la inmensa mayoría no sepa qué significa con exactitud.

Bien, hay un aspecto en todo el barullo que apenas se ha tocado; me refiero al momento crucial que vive nuestra civilización. Las civilizaciones desaparecen cuando la gente que las vive deja de creer en las bases morales que las fundaron. La cultura occidental, llamada cristiana, nació sobre la concepción que del hombre y la vida aportaba el Cristianismo. El resultado fue el nacimiento y consolidación de la más importante civilización conocida por la Historia; la cultura cristiana cambió el devenir del mundo y lo modernizó en el sentido más auténtico de la palabra. Por ejemplo, cuando el marxismo condenó la acumulación de riqueza en manos privadas: hacía diecinueve siglos que el Señor Jesús había dicho: “El que tenga dos camisas una de ellas pertenece a su hermano”

Hoy se nos viene abajo una civilización porque el ser humano que la vive quiere ser como Dios; tener poder sobre la misma vida. Es el encanto del paraíso perdido: “seréis como dioses”. No atisbo el futuro pero produce escalofrío.