Ochenta y cinco personas son dueñas de poco menos del cincuenta por ciento de la riqueza mundial

Ochenta y cinco personas –o familias- son dueñas de poco menos del cincuenta por ciento de la riqueza mundial. Son datos de la agencia Intermón. Así, con la frialdad de los números, acaba de darse a conocer esta cifra que cabalga entre lo injusto y el esperpento a partes iguales. 

Es difícil de entender. Parece el sueño de una mala digestión; simple pesadilla. Resulta curioso que los periódicos y medios en general apenas lo destaquen. En nuestro mundo veloz no hay nada que resista veinticuatro horas de vigencia.

Muchas teorías, símbolos e ideas mueren a diario en las almas de esta generación confusa que pisa los umbrales del siglo veintiuno sin meta ni proyecto. Hay un hielo generalizado fruto del desencanto. Solo un deseo de derribo late en la inmensa mayoría de los jóvenes que se alimentan del escombro ideológico, restos de los grandes ideales de sus padres y abuelos.

Al pie de la letra si sólo el dinero mueve al mundo, da igual el signo político que escojamos; al final, todos nos moveremos por los rieles que tracen esas noventa y cinco familias.

Pero no es eso, con todo, lo peor. Cuando hace poco, en el trascurso de “una mesa redonda” sobre la pobreza, alguien recordó que aquí hay miles de personas que se alimentan con restos de basuras y desperdicios hallados en los contenedores, un oyente, misionero en Etiopia, recordó que aquí aún quedan basuras.

Un antiguo y, al parecer, certero refrán español afirma que el “dinero llama al dinero”. Debe de ser así cuando aparece una estadística tan brutal como la que comentamos. Cabe, pues, preguntarse por la tan traída y llevada crisis; ¿es una flujo económico-financiero inevitable o está previsto por los intereses de unas determinadas capas sociales?

Ya digo, amarillean los símbolos que nos precedieron; aquellos que se presentaron como sustitutos de Dios. Me refiero al Marxismo y al Liberalismo. Sólo quedan en pie, con clarísima, meridiana, actualidad las palabras del Señor Jesús: «Sin mí, nada podéis hacer». ¿Lo comprenderemos alguna vez en toda su inmensidad?