La revuelta ciudadana en el barrio El Gamonal de Burgos parece tomar tintes de violencia extrema que no se compadecen con la causa que supuestamente la provoca.
Desde luego no se entiende que Madrid haya vivido una jornada reivindicativa con quema de contenedores y todos los extremos que suelen acompañar a este tipo de manifestaciones por simple solidaridad con los vecinos de un barrio burgalés. Hay algo más sin duda alguna.
Existe una impotencia de los gobiernos -fundamentalmente occidentales- para responder a las demandas más elementales de los ciudadanos progresivamente empobrecidos por eso que, genéricamente, llaman “la crisis” y que con certeza nadie sabe qué es ni de dónde viene. Hay una desesperación progresiva en los sectores más débiles de la sociedad que tratan de sobrevivir a duras penas. Hay un frío social, una indiferencia ante la pena ajena -como ya advirtió el Papa- que echa “fuego al fuego”. Como ya dijo un prestigioso teólogo malagueño, poco a poco se enfría el amor.
Los poderosos del mundo acumulan en sus manos, según estadísticas bastante creíbles, casi la mitad del dinero del planeta – según se dice un cuarenta y siete por ciento del PIB mundial. Ellos propician inflaciones y deflaciones; ellos tienen todo el poder y la capacidad general.
Pero no son ellos los culpables en soledad. Toda la sociedad padece de la misma enfermedad: el egoísmo.
Cada día el consumo crece con mayor fuerza en el ámbito de un mundo ciego que lo necesita para seguir existiendo.
En este sentido se manifiestan todos los expertos en economía; si el consumo decae todo el entramado social se hunde. Algo en verdad diabólico. Ya digo, queda una calle sin estrenar, la del amor, eso que el Señor Jesús otorga.
Todas las demás están desacreditadas, como la Historia demuestra si la miramos con atención y sin prejuicios, y lo pone de manifiesto sin duda alguna. La Historia demuestra que es la única calle posible.
