De nuevo tenemos una guerra a la vista. La humanidad supuestamente civilizada mantiene las mismas lacras seculares de siempre.
Por estos días, Estados Unidos está a la espera, no se sabe si estratégica o de protocolo político, para atacar Siria. Un alto cargo del gobierno sirio ha dicho que «si su nación es agredida crecerá el terrorismo de Alcaeda, el fanatismo islámico, por todo el mundo».
No le falta razón. El Islamismo radical quiere imponer la llamada ley de la Sahría globalmente. O sea, volver a la Edad Media a sangre y fuego. ¿Podremos impedirlo a sangre y fuego? Alguien ha dicho que la única solución es la “democratización” de África. Desde luego que sí. Pero ¿cómo? ¿A sangre y fuego también? Precisamente contra esa incipiente democratización por contagio occidental, luchan los radicales del Islam. Quizá convendría reflexionar en los orígenes de la democracia.
Sería largo de contar y, claro, de debatir, pero la tan traída y llevada “democracia griega” nunca existió. Al menos, tal como la conocemos hoy: “Un hombre, una mujer, un voto" es un invento de la Ilustración y la Revolución Francesa. Pero no es verdad que naciera en ella. Lo que hacen los ilustrados y la Revolución es beber en el mensaje que emana del Nuevo Testamento. Ya sé que que esta afirmación producirá alguna que otra risa escéptica en lo que pudiéramos llamar el “pensador moderno” pero es así. Podría poner varios ejemplos. Valga uno: «Ya no hay hombre ni mujer, extranjeros y ciudadanos, esclavos y libres. Todos son uno (iguales) en Cristo». Lo dijo el apóstol Pablo hace dos mil años. En ninguna otra parte se ha escrito cosa semejante. La Biblia es una modernidad a la que aún no ha llegado el siglo XXI.
