El pasado domingo participé de una Eucaristía que fue tan auténtica como todas y diferente a la vez.
El pasado domingo participé de una Eucaristía que fue tan auténtica como todas y diferente a la vez. En lugar del celebrante de costumbre, apareció por el centro del templo un treintañero con un alba en el brazo. Más que de sacerdote, daba la pinta de pívot de la NBA. Rubio, más de dos metros de altura, hablando un español bastante aceptable, pero con un extraño acento que quise identificar con Irlanda o Inglaterra. Finalmente nos comunicó que era checo.
Se adueñó en seguida de la atención de niños y de mayores, con una gesticulante presentación de todas las oraciones de la Misa que nos llevaron en volandas a prestar suma atención a la homilía. No nos defraudó. Como todos saben, el domingo se proclamaba el Evangelio en que Jesús enseña a sus apóstoles a rezar el Padrenuestro. Por circunstancias pastorales conozco esta catequesis muy bien. En los Cursillos de Cristiandad intentamos analizar esta oración, me ha tocado hacerlo en casi un centenar de ocasiones a quienes lo han querido escuchar.
El cura-pívot-checo, (lamento desconocer su nombre, pero supongo que pertenece a la orden de San Vicente de Paúl y estaba en el Colegio La Marina de campamento con jóvenes), nos contó la eficacia del rezo comunitario del Padrenuestro, como punto de partida para la Revolución de terciopelo, un movimiento pacífico que se desarrolló en Checoslovaquia a la caída de la pereztroika en 1989. Una serie de manifestaciones por parte de los estudiantes y los políticos culminaron con la declaración de la República Checa sin el derramamiento de una sola gota de sangre. Todo se consiguió, nos decía el celebrante, cuando en una concentración de más de un millón de personas, un ser anónimo cogió el micrófono, pidió a todo el mundo que se cogieran de la mano y, todos juntos, rezaron el Padrenuestro.
Extraordinario ejemplo de la eficacia de la oración propuesto por el sacerdote que podía haber sido pívot del USK Praha. Nos dejó un extraordinario sabor de boca. Pero además, dijo como si nada, que la propuesta del encuentro de Abraham con Dios para salvar a Sodoma y Gomorra era un excelente ejemplo de la capacidad de negociar del pueblo judío con Dios. Lo que nos tenía que servir como modelo de oración. Yo doy un pasito y Tú me perdonas otro. Una Misa inolvidable. Una invitación a vivir Una revolución de terciopelo en nuestra vida.
