La Iglesia, que es Madre y Maestra, vela siempre por las personas y les muestra el camino mejor y más directo para la felicidad. Habla porque ama, y, siguiendo a su Señor, no desea la muerte del pecador sino que se convierta y crea. Su fin nunca es condenar, sino ayudar a que las personas se abran a la Salvación, eligiendo, de entre muchos caminos buenos y respetables, el mejor.