El día 28 de octubre será la beatificación de 498 mártires españoles. Entre ellos, hay 21 que murieron en Málaga y que la Iglesia nos propone como modelos a imitar.
Estos hombres y mujeres son mártires por dos motivos: haber defendido la fe cristiana y no haber renegado de ella; y morir perdonando, como el mismo Jesucristo.
Desde hace meses, esta publicación se ha hecho eco de la noticia que culmina hoy: la ceremonia en la que se beatificarán 498 mártires de una sola vez, algo que no había ocurrido aún en la Iglesia. Hoy vamos a fijarnos en qué nos dice el testimonio de estos mártires a los cristianos del siglo XXI. ¿Es posible hoy día el martirio, o eso es cosa del pasado?, ¿qué significa esta beatificación para la diócesis de Málaga y en qué la interpela?
A las 10 de esta mañana, la Plaza de San Pedro acogerá a los miles de peregrinos que vivirán allí la celebración litúrgica. Varias cadenas de televisión retransmitirán el acto. Se lo contamos en las páginas siguientes.
D. Alfonso Crespo ha publicado un folleto en el que resalta la importancia de las beatificaciones de hoy para el clero malagueño, ya que dos de los mártires eran el rector del Seminario de Málaga, D. Enrique Vidaurreta; y un seminarista, D. Juan Duarte. Le hemos pedido que nos diga, a los seglares de la diócesis, cómo nos atañen estas beatificaciones.
¿Son oportunas estas beatificaciones en unos momentos en que se ha originado un cierto debate por la reivindicación de la memoria histórica?
– No se puede leer este acontecimiento eclesial y espiritual en clave únicamente política. Hace años, más de veinte, que la Iglesia, desde muchas comisiones diocesanas, viene desarrollando un largo proceso para que el Santo Padre reconozca la vida ejemplar y la muerte heroica de un gran grupo de creyentes. Es un error, en estas beatificaciones de mártires, fijarnos en quien disparó.
Nos dice el refrán que “cuando el dedo nos señala la luna, el necio mira el dedo”. En este acontecimiento hay que mirar el resplandor de la dignidad y valentía de los que entregaron su vida por amor y por fidelidad a su fe.
Una característica del mártir cristiano es que siempre muere perdonando y su vida siempre genera más vida, nunca muerte.
No se le puede llamar mártir a aquel que muere matando. El mártir no busca morir, sino que entrega su vida por amor y para defender la coherencia de la misma. Para ellos, hay algo que vale más que la vida: la coherencia con la propia fe, la fidelidad al Señor. El mártir cristiano es una denuncia de la violencia y el odio y semilla de amor y de perdón. No se debe promover la hiel del recuerdo… sino el bálsamo de una memoria que nos invita a no repetir momentos negros.
¿Qué nos puede enseñar este acontecimiento eclesial de las beatificaciones de los mártires del siglo XX?
– Son muchas las lecciones que podemos aprender. La primera, y para todos, una lección de historia. Lamentablemente, hubo una guerra civil: una página negra de la historia de España que ha marcado a varias generaciones y que ojalá sepamos presentar con sosiego a los jóvenes como una página superada del pasado y no como un arma arrojadiza del presente.
El mayor error de un pueblo es mirar su historia sesgadamente. Un gran historiador, J. Tusell, dijo: “una guerra civil es siempre la victoria de un bando sobre otro bando y la derrota de todos”. Hubo errores en todas partes. Hubo cristianos en ambos bandos que lucharon por sus ideas. Pero al mirar a los mártires, hay que aprender ejemplarmente de esta página de nuestra historia. Ellos murieron por su fe, no por la defensa de una idea política determinada. Pero también denuncian que no es legítimo perseguir a nadie por la fe que profesa, lo mismo que no es legítimo perseguir a nadie por sus ideas políticas, si las defiende dentro de la legalidad vigente.
Creo que incluso, junto a la acción de gracias a Dios, habría que dar una acción de gracias “laica” porque la madurez del pueblo español hace que podamos ensalzar a unos hijos de su historia, hijos ejemplares por su coherencia de fe, sin tener que menospreciar a otros; y, a la vez, denunciar las tristes circunstancias en que vivieron y murieron, gracias a Dios superadas con el esfuerzo de una transición política ejemplar.
La segunda lección es profundamente espiritual: para todos en general, y para los creyentes en concreto, es un signo de alegría conocer la vida de personas dignas, heroicas, entregadas al Evangelio hasta dar la vida. Ello nos muestra que la fuerza de la fe supera las dificultades de cualquier momento. Lo que tenemos que pedir al Señor es que nunca se repitan sucesos violentos y que el testimonio de nuestra fe se corone siempre con un martirio incruento de dar la vida a lo largo de los años por el amor a Dios y al prójimo. Hoy, en nuestra Iglesia, conocemos muchas personas que siguen empeñando su vida por una sociedad mejor, alentados por su fe y el seguimiento de Jesucristo el Señor.
