El pasado mes de junio, la «XIV Edición de Premios Sur», galardonó con el premio en el apartado de Sociedad a la institución benéfica creada por las Hermanas del Sagrado Corazón de Jesús y que, coloquialmente, se le conoce bajo el nombre de «Cottolengo».
El motivo, afirma la redacción del periódico, ha sido reconocer la importante labor de las hermanas del Sagrado Corazón, todo un referente en la provincia, por su dedicación desinteresada hacia los más necesitados”. Personas como Paco, Ana, Juanma, David y María, entre otros, forman parte de esta gran familia integrada por 35 personas con minusvalías físicas y psíquicas, cuatro religiosas, tres empleadas y una gran cantidad de voluntarios que acuden cada día a la institución benéfica con la ilusión de ayudar en lo posible. ¿Quieren saber más sobre esta casa de Dios?
“Acoger a los que no tienen lugar en otro sitio”. Éstas son las palabras con las que la madre superiora, Mª Isabel, describe el principal objetivo del Instituto Benéfico del Sagrado Corazón de Jesús. “Ayudar a aquellos –no importa la edad– que no cuenten con medios económicos suficientes o que carezcan de familia”.
Al abrir las puertas de la “casa”, nos encontramos con tremendas y diversas historias humanas que se esconden detrás de cada enfermo y que son capaces de exteriorizar a través de la alegría de sus miradas y del amor fraterno que se demuestran entre sí.
Hablamos, por ejemplo, de María, una mujer con cinco hijos que, a sus 43 años de edad, padece una parálisis progresiva del sistema nervioso que la incapacita para valerse por sí misma, pues ya ni siquiera puede hablar pero que, sin embargo, “es capaz de transmitir con sus ojos más de lo que muchos podrían decir con palabras”, cuenta la madre superiora.
O David, un niño que desde sus 9 años ha crecido en esta “casa” rodeado de cariño y atención y que ahora, con 24 años y pese a la enfermedad de espina bífida que tiene, se encarga de realizar las labores de conserjería. Muy joven llegó también Juanma, un joven de 29 años con parálisis cerebral, que se ha criado desde que era un recién nacido con las religiosas del Sagrado Corazón de Jesús. O Paco, un hombre de 44 años que tiene una hija y que fue profesor de matemáticas hasta que comenzó a padecer la esclerosis múltiple que lo tiene incapacitado para llevar una vida normal. Sin embargo, cuando se le pregunta sobre qué le pediría a Dios para ser feliz, él responde que “no le pediría nada, porque ya es feliz”.
En gestos y frases como los relatados se ve el amor, la entrega y la caridad que demuestran a cada instante las religiosas del Sagrado Corazón de Jesús, Mª Isabel, Rosario, Teresa y Mª Luisa, quienes, junto a los voluntarios que cada día acuden a la institución, se han convertido en el punto de apoyo de muchos de los enfermos. Sin embargo, éstos son sólo cuatro de los 35 casos personales que han encontrado su sitio en esta institución benéfica.
Y es que, al paso por las habitaciones de la “casa”, podemos ver atareadas en unos u otros quehaceres a personas mayores con insuficiencias mentales, con alzheimer y con otro tipo de enfermedades derivadas de la elevada edad con la que cuentan algunos de los residentes.
“Ya sabe vuestro Padre lo que necesitáis antes de que se lo pidáis” (Mateo, 6). Bien se ajusta esta enseñanza a los principios de la Institución Benéfica del Sagrado Corazón de Jesús, ya que entre sus normas está la de no contar con subvenciones ni apoyo económico fijo alguno, ni tampoco pedir limosna. Cuenta Mª Isabel, la madre superiora, que a lo largo de los 58 años que esta “casa” lleva en Málaga, la generosidad de los malagueños ha hecho que, con sus donativos, puedan seguir adelante en su lucha por dar lo que necesitan a los enfermos que cuidan.
Y es que “Dios es todo en lo global y en el detalle, y el detalle consiste en que, por ejemplo, no tengas limones para la comida y algún voluntario los traiga... Ahí sí que se puede ver a Dios”, afirma Mª Isabel. Cada día de la semana un grupo de voluntarios prepara el almuerzo y la cena del día, y como nos contaba uno de ellos, Federico, “una vez que lo pruebas, no puedes dejar de venir porque es tanto el cariño que los enfermos te demuestran que si no vuelves, los echas de menos”. Pero estas personas no sólo se muestran voluntarias en la “casa” para lo que haga falta, sino que además, nos cuenta la madre superiora, “se encargan de traer ellos mismos –de su dinero– todos los ingredientes necesarios para la comida”. “Cottolengo” funciona así: “con el amor y la caridad de la gente que quiere ayudar a hacer un poco mejor la vida de nuestros enfermos”, concluye Mª Isabel.
Hagámoslo entre todos.
