Lo malo del llamado “problema catalán” no es tanto el propio problema como la época de su presentación. Surge cuando sobre las espaldas más sensibles de España pesan miles de familias compañeras de la desesperanza. Esto obligará al gobierno a desatender lo urgente humano para distraerse en la ciénaga cada vez más engañosa y resbaladiza de la política.
Desde luego, la elección de fechas por parte catalana es oportunísima; quede claro que el ejercicio de la política no admite casualidades sino oportunismos o, si me permiten decirlo así, casualidades buscadas.
Como tantas veces a lo largo de la historia universal – España es paradigmática en ese sentido- la pasión por el poder le pone gafas oscuras a los ojos del alma.
Un nuevo estado, nueva patria y un montón de patriotas enardecidos. Además, inevitable decorado de colorines para un futuro diseñado por no se sabe bien cuantas hadas bondadosas, banderas y estrellas; centros de poder en definitiva; ¡El poder! El primer pecado, la primera seducción: “seréis como dioses”. Hay un placer único, inigualable, en el ejercicio del poder: la gente que me rodea hace lo que yo decido; “seréis como dioses” . Ahí está la lección de Jesucristo, el cual, “siendo igual a Dios se despojó, se hizo siervo hasta la muerte y muerte de cruz”. Lo dice San Pablo en la carta los filipenses.
No sé si llevará a cabo la consulta. Rajoy dice no rotundamente, sin lugar a dudas, ¡no! Pero en política hasta lo rotundo termina en aleatorio.
Además, ¿Qué más da? La insolidaridad está ahí tan incomprensiblemente acelerada como patética.
Dicen que la meta está en el dinero. No es verdad. Todo lo más el dinero es una trocha hacia el poder, una trocha sinuosa y perversa. Solo existe el primer pecado.
